Hubo un tiempo en el cual el festival de Sundance era un símbolo inquebrantable del cine independiente, y cualquier cinta con ínfulas de erigirse como el colmo del celuloide alternativo tenía que pasar por tan magno acontecimiento. Como todo aquello que se pone de moda, el conocido evento va perdiendo espíritu, según los expertos en la materia, y es uno de los máximos culpables del acuñamiento de la etiqueta indie como sinónimo de un tipo de películas que cumplen una serie de requisitos para entrar en el saco del underground bien visto, léase aquel que sirve para vender la moto como cualquier otra maniobra comercial. Así podemos entender Thumbsucker, propuesta estimable que pudimos ver en el Festival Internacional de Cine de Gijón, cuyo mayor pero es la excesiva utilización de tics complacientes cuya finalidad evidente es casar con lo antepuesto.

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Como cabe imaginar, Thumbsucker se paseó triunfante por Sundance. Su concienciado posicionamiento asimilando su condición de película independiente, ya sobre el papel –parte de la novela homónima de Walter Kirn-, le augura una buena trayectoria por las salas más in, pero, toques snob aparte, tampoco hay que quitarle méritos. El filme está bien realizado, con contención, a pesar de que su director, Mike Mills, debutante en el largo, viene del mundo del videoclip y la publicidad, un bagaje que, por desgracia, suele significar perderse en las formas. Sin embargo esta curiosa opera prima, cuya financiación no fue un camino de rosas, hecho que alimenta su alma indie, utilizada inevitablemente como reclamo comercial en los circuitos del rollo, se parapeta tras una sensibilidad elogiable, que el espectador entregado podrá disfrutar mientras saborea una crítica mordaz a valores asimilados por nuestra sociedad que merecen más de un correctivo. Pone en entredicho, entre otros temas candentes, el núcleo familiar y la peligrosa tendencia a la vida artificial que se apodera de nuestro vivir cada día. La realidad fatua que nos rodea.
Justin Cobb, interpretado con convicción por un desconocido Lou Pucci (Oso de Plata al Mejor Actor en el Festival Internacional de Cine de Berlín del pasado año), sigue chupándose el dedo a sus 17 años, de ahí el título del filme. Este absurdo comportamiento, que niega su paso a la madurez, está afectando a su familia, su vida sentimental y su propia identidad. Intenta aliviar esta patética conducta mediante la hipnosis a que le somete su ortodoncista, Perry Lyman (un místico Keanu Reeves), pero sus problemas no han hecho más que empezar. Miedos y dudas existenciales asaltan a este adolescente perdido que busca respuestas desesperadamente. Su periplo interior le llevará a la conclusión de que todo aquello que lo hace diferente a los ojos de los demás, ya sean defectos o virtudes, son precisamente las cualidades humanas que le convierten en alguien único y respetable.
El reparto de la película incluye a también a Tilda Swinton, Vincent D’Onofrio, Benjamin Bratt y Vince Vaughn. Todos ellos encarnan a personajes entrañables, a pesar de la insensatez de algunos de sus actos. Thumbsucker, aunque claramente prefabricada (como Tú, yo y todos los demás y otros éxitos recientes pretendidamente ilustrados), merece un pase. Hay risas, drama y algún momento estrambótico que la eleva por encima de la media en un momento en el que la cartelera empieza a oler a crema bronceadora.

P.D.: crítica informativa sin cortes publicada en EL CORREO.

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