La ultracorrección política, el cáncer de la creatividad, llama otra vez a nuestra puerta y hace más ruido del necesario al golpearla. El toc toc nos vuelve a recordar, en pleno siglo XXI, que vivimos en un mundo de hipocresía a mansalva, de indocumentados que ocultan a base de soberbia su ignorancia, de aburridos sin sentido del humor, de conservadores disfrazados de progres, de culos cagados, mentes retrogradas y gente que echa la mano a la cartera –propia o ajena- a la primera de cambio.

“El Jueves” ha vuelto a saltar al ring del sensacionalismo. No por lo algo bueno, como nos gustaría. Son nuevamente noticia viral por meterse con las cosas de palacio, siete años después del maltrago de la dichosa portada de los principitos copulando enalteciendo la postura del misionero, metáfora de un país, aquella que llevó a sus autores a los tribunales. El tema es de sobra conocido y ha incendiado las redes. Con el deseo de aportar algo sobre la materia he recuperado algunas declaraciones de Fontdevila y Monteys que recogí en su día para la revista “El Manglar”. Casi una década después de lo acontecido en aquel verano tonto, hemos ido a peor en cuestión de libertad creativa. Las declaraciones de ambos dibujantes son perfectamente extrapolables al conflicto actual. Fueron visionarias en algún punto, lo que produce escalofríos. Reproduzco algunas respuestas, no sin antes recalcar mi absoluto apoyo a aquellos que han dejado el semanario y a los que se quedan aguantando mecha –abajo explico mi conclusión-. De los que puedan entrar a emborronar páginas, atraídos por el olor de la carne cruda en el campo de batalla, prefiero no decir nada. Ellos sabrán. No es nada fácil dejar algo en lo que has creído por principios. Máxime tal y como están las cosas. Por experiencia. La coherencia y el honor son virtudes en peligro de extinción. Portada-Jueves“Supongo que secuestrar una revista en estas alturas de siglo no puede tener otra respuesta que ese gran despliegue”, comentaba en su día Fontdevila sobre el follón mediático, a toro pasado. “Otra cosa son las opiniones que se han vertido al respecto.  A mi me hubiera bastado con que alguien dijera que nuestra profesión es la que es y tenemos derecho a ejercerla, punto. Contrariamente a esto, el que menos nos ha puesto a caer de un burro, que si zafios, que si soeces… En definitiva, venían a decir que, si queremos libertad de expresión, si queremos democracia, hay que soportar estas mierdecillas. Algunos periodistas, a título personal, nos han apoyado, claro, y la profesión, salvo mínimas excepciones, y a nivel de calle, muchísima gente… Esto ha sido lo mejor. Pero lo que es la gente con un mínimo de influencia, digamos, institucional, una vergüenza. Está claro que, si algún día el gobierno sacara una ley limitando el humor satírico, nadie de esas personas movería un dedo por ayudarnos. Esto te hace sentir un poco desamparado”.

Este tipo de escándalos suelen resultar rentables económicamente, pero, a la postre, merman la libertad y es el poso que queda, visto lo visto.La polémica no fue buscada, hicimos lo mismo que hacemos cada semana, y no estamos contentos con el tema”, arremetía Monteys en su momento. “A partir de ahora en los medios se lo van a pensar dos veces antes de hablar de la monarquía, y eso es un paso hacia atrás”. No buscaban la tormenta. “Hemos hecho cosas más subidas de tono, supongo que precisamente porque estábamos acostumbrados a que las altas esferas nos ignorasen, vivíamos en nuestra burbuja”. ¿La corrección política coarta la imaginación o la alimenta? “Personalmente, intento vivir sin tener en cuenta este concepto”, indicaba Fontdevila. “Hay muchos humoristas gráficos, sobretodo en prensa, que le dan mucha importancia, pero los chistes que hacen luego no motivan a nada, queda todo muy inofensivo”. “Entendida como la tendencia generalizada de esquivar cualquier tema que pueda ser mínimamente polémico, ha convertido a los medios actuales en lo que son: un pufo gigantesco”, señalaba Monteys, “Con la censura, por lo menos había un solo señor, o un puñado, a los que había que distraer con algún malabarismo. La corrección política convierte a todo el mundo en un posible censor”. ¿Afectará todo el tinglado desplegado al futuro de la revista?, les pregunté- “La verdad es que el siguiente numero tras el secuestro lo hicimos mandándole pruebas al abogado para que nos aconsejara y opinara, pero así no se puede trabajar, y menos en lo nuestro”, respondió el entonces director. “Hemos decidido seguir como siempre y que sea lo que Dios quiera. Además llevamos bastante cabreo, no nos apetece autocensurarnos ahora”.

rey-juan-carlos-Pretendemos actuar igual que antes del secuestro. Este verano hemos hablado de la monarquía como todos los veranos, que es bastante. La monarquía, al ser profesionales de las vacaciones, en verano multiplican su presencia de forma asombrosa. Como cada año, en El Jueves nos hemos hecho eco de ello: lo contrario nos hubiera parecido entrar en un juego muy triste, algo que, además, nuestros lectores no merecen”.

“Con todo lo que se escribió sobre el tema, ¿porqué todo fue tan epidérmico?”, se quejaba Monteys. “Nadie entró en uno de los grandes temas, creo yo, que la polémica suscitaba: ¿es necesaria la monarquía? Aunque fuera como ejercicio filosófico o como hipótesis remotísima. Eso no se toca. O, ya puestos, y en otro plano de la existencia: ¿cuántas noticias sobre El Corte Inglés habéis leído últimamente?”.

Lo antepuesto son declaraciones hechas en la pasada década. Tanto Monteys como Fontdevila, principales protagonistas de un drama en el candelero que afecta gravemente al mundo del cómic -y al ámbito del necesario humor gráfico-, pueden utilizar las mismas palabras estos días para explicar el último entuerto en el que se han visto envueltos, en los mismos términos, sin cambiar ni una coma. La misión esta vez es luchar para que nada se olvide en cuanto deje de ser noticia. Que no haya que explotar de repente cuando vuelva a ocurrir algo parecido. Proyectos veteranos como el “TMEO”, militando en las trincheras de la independencia, iniciativas como “El Jueves” o “Mongolia”, todo símbolo crítico con el sistema, deben subsistir, más que nunca, en los tiempos que corren, en un mercado editorial convulso. Murió “El Víbora”, pero su espíritu permanece. Somos supervivientes. La cabeza de hidra ha sido cortada, pero de su cuello mutilado saldrán dos más. Y más, y más…

(Ya puestos, otro rescate: AQUI entrevisté a Mayte Quílez, cuando era miembro del consejo de redacción y directora de publicaciones, y a Albert Monteys, cuando era director de “El Jueves”)

Leave a comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.