El ser humano frente a la tecnología. Este es el atractivo dilema que plantea, con poca fortuna, “Trascendence”, una película de ciencia-ficción con corazón de serie B y cuerpo mainstream que no funciona como debiera. El espíritu del material de partida no casa con la seriedad con que es descrita una historia que recuerda a grandes clásicos del género, entre ellos la mítica cult-movie “La invasión de los ladrones de cuerpos”. El mayor lastre de este estreno apadrinado por Christopher Nolan es la total ausencia de sentido del humor a la hora de contar al espectador un relato que no necesita rendirse a una presunta intensidad que se torna aburrimiento. Pretenciosa, hortera y, sobre todo, anticuada, la propuesta viene firmada por Wally Pfister, director de fotografía habitual del máximo responsable de la última saga cinematográfica protagonizada por Batman, aquí convertido en productor de un debut plano que no puede ocultar la excesiva preocupación por lo visual tras la cámara, mientras los actores se pierden en el cuadro, un mal extendido en el cine de nuestros días.

transcendence

Unos abandonados Johnny Depp, Morgan Freeman, Rebecca Hall y Paul Bettany encabezan el reparto de “Trascendence”, donde un investigador todopoderoso, una eminencia en el campo de la Inteligencia Artificial, trabaja en una creación sublime, una máquina con sentimientos, el sueño de todo científico con ínfulas. Trascender, hacer historia, convertirse en un dios, es lo que busca una incontenible sed de conocimiento que deriva en una catástrofe que puede acabar con la raza humana. La conciencia del genio interpretado por Eduardo Manostijeras, en uno de sus peores papeles, se traduce en bytes y se extiende por el mundo a través de la red. La nanotecnología acaba por convertir a un difunto revivido cibernéticamente en un monstruo con afán de controlarlo todo. Un relato demencial que se construye sobre una base rendida al romance que pervierte la trama edulcorándola en sus puntos de giro. El tedio invade el patio de butacas exprimiendo una idea añeja con poca energía. No se entiende que un despliegue de medios tan evidente sea incapaz de captar la atención. Lo que podía haber sido un grandilocuente homenaje al fantástico, aglutinando muchos de sus tics en formato thriller, con el superobjetivo de evidenciar cómo la sociedad no evoluciona tan rápido como la tecnología, se queda en un pasatiempo caro no apto para un público con dos dedos de frente.

(Del suplemento “GPS” de EL CORREO)

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