buffer

Bienvenidos a un mundo donde se lee en diagonal, si se lee, y se mira igual. Vivimos en la era de la sobrecarga informativa. La atención que prestamos a una pieza audiovisual depende del vaivén del buffering y el empeño de nuestra vista. Si la carga del material a degustar nos hace esperar más de la cuenta, nos ponemos nerviosos y a otra cosa mariposa. Si el ADSL no se comporta como debiera, el link que hemos pinchado puede perder su oportunidad. La paciencia se mide en porcentajes de barra, programada en horizontal. Si se mueve lenta, mal vamos. Si crece con más arritmia que armonía, no hay derecho. Cuidado también con la duración del show ofertado. En milésimas de segundo nos ahoga el tedio ante la posibilidad de encontrar otra oferta de entretenimiento con un chasquido de dedos. De un lado saltamos a otro, sin rechistar, a golpe de cursor, y tiro porque me toca. Empezamos buscando un videotutorial sobre cómo descargar videos de YouTube y acabamos en un site repleto de fotografías inefables protagonizadas por familias americanas sonrientes cuyas vidas transcurren en los años 80. Han pasado 5 horas desde el primer click con una intención clara. O más. Nos perdemos en un mar de píxels. La dispersión nos embriaga. Concentrarse en algo concreto cuesta demasiado, cada día más, porque nos rodea el todo y la nada. Sufrimos tiempos de fragmentación. El cine padece especialmente esta terrible enfermedad vírica. Lejos de la sala oscura y de su ritual -siempre que seamos educados-, es un acto en desuso el hecho de ver exclusivamente una película delante del televisor, el ordenador, el iPad o cualquier otra plataforma, sin otra tarea entre manos que nos distraiga, grande o pequeña. Se lleva afrontar en paralelo varias labores a la vez que reclaman un mínimo de atención, dando como resultado la volatilidad casi total de lo que devoramos, martirizando la retina. Es imposible entrar en el juego de un cineasta y prenderse de sus intenciones, gozar con su voz en definitiva, si visionamos su obra mientras tuiteamos y tenemos otras ventanas abiertas. Si la propuesta del artista se aleja de lo meramente visual, de lo convencional, y no le dedicamos nuestro tiempo y energía con cierta lógica, es más que probable que no lleguemos a entenderlo. Un filme con un ritmo endiablado nos puede parecer un rollo si hemos parado el reproductor varias veces a lo largo del metraje para contestar whatsapps, comentar en las redes sociales lo que estamos viendo, con foto incluida, o, simplemente, levantarnos compulsivamente para ir al baño. Manda el zappeo mental rápido. Damos al play mientras cumplimos con las obligaciones del hogar o trabajamos frente a otro monitor situado en el mismo campo de visión. La creatividad de hoy debe luchar contra el caos multipantalla para conectar con el cerebro del espectador. Estamos en el centro de una tormenta de imágenes que jamás va a amainar. Valorar una producción a trompicones, alternando, sin darle al pause, la pestaña que le acoge con otras adyacentes, da alas al non sense. Somos trolls de nosotros mismos. Entes dispersos. Loading…

(columna aparecida en el nº 135 de la revista NEO2, aquí sin cortes)

Leave a comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.