No hay título que defina mejor la perversidad que puede esconderse bajo la piel de un tierno infante. “¿Quién puede matar a un niño?” lo dice todo en apenas un puñado palabras. Somos incapaces de hacer daño a un ser humano de corta edad, a un menor que apenas echa a andar, aunque se revele como un siniestro rapaz. Sin embargo, ellos, pequeños pero psicópatas, pueden sacarnos los ojos sin rechistar. Cría cuervos y atente a las consecuencias.

niño

El cine de horror y aledaños ha encontrado una interesante fuente de inspiración chapoteando en el lado oscuro del parvulario. El insigne Chicho Ibáñez Serrador exprimió a conciencia, no dejó escapar tan sugestiva materia prima, firmando una obra magna del género de terror. Nada puede dar más miedo, por real y cercano, que una inocente criatura ejerciendo el mal con crueldad. Sin Satán de por medio ni nada parecido. Sin razón aparente. El escalofrío se siente más cuando un pequeñajo malparido se come nuestras almas, se bebe nuestra sangre, dejando a la altura del barro toda mente retorcida adulta. La imborrable escena de la piñata humana de “¿Quién puede matar a un niño?” representa un sadismo atávico. Los mocosos golpean con fruición el cuerpo magullado del adulto colgado del techo por los pies. Se recrean en su agonía. El espectador  aparta la vista mientras se pregunta por la irracionalidad de ese inquietante tormento, de ese angustioso momento, aparentemente un simple divertimento para los pizpiretos churumbeles. El juego macabro de los malditos críos refleja algo que nos cuesta creer: somos malvados desde nuestro nacimiento. El cine que explora las raíces del mal así lo cree. Afortunadamente, unos menos que otros. ¿Seguro? Desazón.

baby-blood

La enferma protagonista de “Cromosoma 3” enviaba a sus pequeños monstruos a sembrar el pánico, niños con pinta de clones que surgían como respuesta somática a los trastornos mentales de su progenitora. La cinta de culto de Cronenberg cuenta con una imagen tan fascinante como estremecedora: una madre devorando a un hijo, mordiendo un feto sanguinolento, como el Saturno de Goya. Gore en estado puro. Mal rollo. Cualquier chico puede ser un demonio sin estar poseído por Belcebú. El terror está en casa. Entre nosotros. No tenemos que adentrarnos en los dominios del celuloide fantástico, ya sabemos que “La profecía” o “La semilla del diablo” –ese terrible título spoiler– son dos clásicos incontestables, para encontrar mentes pérfidas que abandonan la placenta con modales desviados. Así lo defiende las hipnótica “Tenemos que hablar de Kevin”, de reciente cosecha. Un primogénito cabrón hasta decir basta, de mente maquiavélica, un sociópata en potencia, carente de escrúpulos, disfruta echando sal sobre las heridas. Degusta el mal ajeno. Como los protagonistas de “El buen hijo” o “Semilla de maldad”. Angelitos negros. En “¡Estoy vivo!” y “Baby blood” son bebés hambrientos. Caníbales de la humanidad. Nos comen antes de que los devoremos nosotros. Saturno al carajo. La chavalada matarife de “Los chicos del maíz” extermina a los adultos por razones obvias, igual que los niños risueños e hijoputas de “The Children”. En “Vinyan”, como en “El señor de las moscas”, se organizan sin los mayores, con sus propias reglas, tan duras o más que las de sus progenitores. Niños y adolescente antisociales con ganas de meter el dedo en el ojo, el puño en la llaga, los hay a patadas. No se les va de la cabeza matar al padre. Lo necesitan. ¡Lo necesitan! Lo más tremebundo es que la realidad siempre supera a la ficción.

(texto aparecido en el diario del festival de cine de Sitges)

Leave a comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.