Que el título no lleve a engaño a ningún espectador despistado. “Drácula: La leyenda jamás contada”, a pesar de anunciar que pretende airear, supuestamente, todo lo que siempre hemos querido saber y nunca nos hemos atrevido a preguntar sobre la historia de un personaje mítico de la literatura y el cine de horror, nos quedamos con las ganas. Nada más alejado de la realidad. Este nuevo acercamiento al archiconocido icono terrorífico queda despojado de todo atisbo de erotismo y convierte al príncipe de las tinieblas en una suerte de superhéroe sumido en el medievo cuyas peripecias se acercan más al género de acción que a las raíces del miedo plantadas por el libro clásico de Bram Stoker y sus múltiples adaptaciones cinematográficas.

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Universal apuesta por un director novel, Gary Shore, cómodo elaborando planos rendidos a la infografía, replicando lo peor de una extendida estética, propia de un videojuego sin renderizar, que va ganando posiciones en el cine mainstream. “Drácula: La leyenda jamás contada” no da miedo y las batallas épicas que transcribe no son nada del otro mundo, con lo cual la propuesta se queda a medio gas. No es una película de terror y tampoco cine de aventuras cargado de escenas de acción de quitar el hipo. A la cabeza del reparto, Luke Evans (“El Hobbit”), con la presencia de Charles Dance, el patriarca de los Lannister de “Juego de Tronos”, en los mejores momentos del filme: por algo es el chupasangres que convierte a Vlad el Empalador en el vampiro más popular de todos los tiempos.

(fragmento del texto aparecido en El Correo)

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