Estos días es difícil quitarnos de encima la sensación de que vamos a levantar la tapa del WC y nos vamos a encontrar a R2D2. La avalancha promocional de “Star Wars: El despertar de la fuerza” es imparable. Vas a comprar unas naranjas y está la imagen de uno de sus robots protagonista en la redecilla, aunque no tenga mucho que ver. Contratas un seguro para la casa y es probable que te pueda tocar una entrada para el estreno participando en un sorteo. La omnipresencia del universo impulsado por George Lucas, ahora en manos de Disney, puede llegar a producir rechazo mientras los fans de la saga se frotan las manos y llevan días con lágrimas en los ojos, algo que sabe bien J.J. Abrams, un tipo más que solvente que supo timarnos bien con “Lost” y de ahí para arriba. El fervor por la nostalgia ha generado un jugoso negocio en torno a ella, la infancia recuperada, de tal manera que la maquinaria se ha puesto en marcha para que el nuevo filme arrase en las salas y de paso el merchandising no encuentre límite en su recaudación de pingües beneficios mediante la venta de objetos inimaginables.

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Abrams es un sujeto sumamente inteligente, un fanboy con madera de cineasta. Actualizó Star Trek sin sufrir por ello y es muy consciente de lo que quieren los seguidores acérrimos de, vamos a decirlo, “La guerra de las galaxias”. No aceptan sin rechistar lo que les dio un torpe Lucas en la primera trilogía, lanzada a posteriori cronológicamente. El patinazo del director de “THX-1138” y “American graffiti” – esas sí que eran buenas- fue monumental, apostando por un infantilismo galopante. Sabiendo que “El imperio contraataca” era la mejor, y no la dirigió él, no se aplicó el cuento de quedarse únicamente como productor, pero rectificar es de sabios, sobre todo cuando hay dinero en juego. Así pues, “Star Wars: El despertar de la fuerza”, el séptimo episodio en el tiempo, va directa al corazón del groupie. La película no se anda con chiquitas y apela a la nostalgia por la puerta grande, marcándose un remake que no oculta su condición y atrapa emocionalmente a su target calcando sin sonrojo todo aquello que hace vibrar a millones de personas dispersadas por todo el planeta que disfrutan sobremanera con la acción, la aventura… y el culebrón de Skywalker y compañía.

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“Star Wars: El despertar de la fuerza” es tan entretenida como poco arriesgada, pero tal y como golpeó la saga el propio Lucas, dejándola con el culo al aire, sabiendo cómo están las cosas en términos de recaudación, no podemos reprochar nada a una propuesta de ritmo encomiable, casi histérico en su primera mitad, con un casting inteligente, con nuevos rostros (John Boyega, Daisy Ridley, Oscar Isaac) y valores seguros: Harrison Ford y Carrie Fisher a la cabeza. La historia continúa treinta años después, Han Solo peina canas, como los seguidores del festejo, que han inculcado su afición desmedida a su descendencia, con mayor o menor fortuna, como en el fútbol. Dejando a un lado lo escalofriante que puede llegar a ser que tu vida gire en torno a una ficción de esta guisa, como si fuese la Santa Biblia, ser un hooligan, la séptima entrega de la saga Star Wars es un desfile de guiños al público entregado. No defrauda en absoluto en este sentido. Los diseños de naves, criaturas y elementos que lucen en el paisaje son excelsos. Nada que ver con la decepción de la primera trilogía. Agradecida puesta en escena la de Abrams, buen pulso y sentido del humor, algo necesario para ofrecer al espectador un tono arrebatador. No hace falta contar nada del argumento porque ya se sabe, ya hemos visto la película con anterioridad, lo que no quita que la devoremos sin pestañear pegados a la butaca. Cuando suena la sintonía de John Williams, algo pasa en nuestro interior.

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EL BIEN Y EL MAL

“Star Wars” retrata en clave fantástica la eterna lucha entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, algo extrapolable a su existencia en la historia del cine. Para algunos su éxito supuso la aparición del concepto blockbuster, la infantilización de Hollywood, para otros elevó la evasión a la categoría de arte.

EL MARKETING

La cultura de la nostalgia está resultando ser un chollo. El consumo de merchandising proporciona más beneficios que las propias películas. El concepto de franquicia elevado al cubo, pero también un sugestivo cruce de medios: tebeos, video-juegos, literatura…

LA VIDA

El hecho de que muchos fans fatales de la saga se la tomen como una religión da para numerosos estudios. Hay quien piensa que existe la Fuerza. Generacionalmente, algo pasó en los estudiantes de E.G.B. que sigue transmitiéndose a sus hijos.

LOS PROTAGONISTAS

El episodio de estreno presenta nuevos rostros. John Boyega es un stormtrooper, un soldado imperial que opta por abandonar el lado oscuro. Pudimos verle de chaval en la recomendable “Attack the Block”. Daisy Ridley (“Scrawl”) es una joven jedi, aunque todavía no lo sabe. Ambos son prácticamente debutantes, una buena apuesta. Oscar Isaac, uno de los mejores actores hollywoodenses del momento, encarna a un brillante piloto de la Resistencia.

(texto aparecido en el suplemento GPS de “El Correo”)

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“GEORGE LUCAS: ALLÁ EN SU RANCHO GRANDE”

La mercadotécnia de “Star Wars” es certera e implacable. La publicidad parece llegar sola. Los propios fervientes seguidores de la franquicia forman parte de su inmensa campaña promocional. Hablar del fenómeno es la tónica general, de lo contrario la sensación es de desactualización. Encontrarse a personal con la camiseta corporativa en el pase de prensa, detalle poco profesional, como si fueran soldados imperiales, denota la capacidad de hipnosis de un producto que arrasa, independientemente de su calidad. ¿Quién le iba a decir a George Lucas que su juguete cambiaría la industria del cine? Cuando se estrenó “La guerra de las galaxias”, reivindiquemos su título en castellano los más talluditos, un 25 de mayo de 1977, las expectativas eran más bien bajas. Su máximo responsable andaba de vacaciones en Hawai, ajeno al lanzamiento, tras asumir que 20th Century Fox no confiaba en el filme y varios pases de testeo no habían generado buenas vibraciones. Pero el cine es lo que es, impredecible, y los ejecutivos de los grandes estudios aceptaron encantados su error mientras llenaban las arcas. Lucas recibió una llamada telefónica animándole a que encendiera la televisión y contemplase las colas que se estaban formando a las puertas de las salas cinematográficas. La suerte estaba echada y se rompió la banca. Más de 775 millones de recaudación internacional corroboraron el éxito y dieron el espaldarazo a una propuesta que aunaba acción, aventura y ciencia-ficción con unos toques de culebrón y un agradecido sentido del humor (el que le falta en la actualidad a realizadores que están cambiando el panorama audiovisual, excesivamente serio y presuntuoso en su deseo de ser realista, incluso con temáticas fantásticas, con Christopher Nolan a la cabeza).

De fama innegable, “Star Wars” retrata en clave fantástica la eterna lucha entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, algo extrapolable a su existencia en la historia del cine. Para algunos su éxito supuso la aparición del concepto blockbuster, la infantilización de Hollywood – es recomendable leer el libro “Moteros tranquilos, toros salvajes” para comprender la acusación-, mientras para otros elevó la evasión a la categoría de arte. La cultura de la nostalgia no deja de amasar pingües beneficios. El consumo de merchandising en torno a la saga proporciona más ganancias que las propias películas. El concepto de franquicia elevado al cubo. El hecho de que muchos fans fatales de la saga se la tomen como una religión da para más de un estudio. Hay quien piensa que existe la Fuerza y hay disponibles numerosas escuelas de jedis. Generacionalmente, algo pasó en los estudiantes de E.G.B. que sigue transmitiéndose a sus hijos, porque no podemos negar que algo pasa en nuestro interior cuando suena la sintonía clásica de John Williams. Se calcula que “La guerra de las galaxias”, “El Imperio contraataca”, “El retorno del Jedi”, “La amenaza fantasma”, “El ataque de los clones” y “La venganza de los Sith” llevan acumulados más de 4,8 billones de dólares de facturación.

Lucas venía de debutar con “THX-1138”, una película arriesgada que gana mucho debidamente contextualizada, y “American graffiti”, una comedia destacable que aunó la buena acogida de crítica y público. El éxito de “Star Wars” empujó al cine de autor de los años 70 hacia el espectáculo. Creadores de trayectoria ascendente como George y su amigo Spielberg, responsables posteriormente de Indiana Jones, otra serie escrita con letras de oro en la cultura popular, tomaron las riendas del negocio hollywoodense detrás de las cámaras desenvolviéndose como directores y productores, enfocando su talento hacia proyectos de gran presupuesto que derivaron en la obligatoriedad de llegar al público a toda costa, exprimiendo el target al máximo hasta el punto de no confiar siempre en su inteligencia.

Desde el principio la idea de Lucas fue realizar tres trilogías, un total de nueve películas. La primera, segunda cronológicamente desde el punto de vista de la historia, vio la luz en los años setenta y ochenta, marcando a más de una generación. Entre 1999 y 2005 llegó la trilogía inicial, asolada por las críticas, a pesar de las cifras récord de taquilla. Ni siquiera los fans más fundamentalistas pudieron defender los tres títulos dirigidos por el alma máter del fenómeno, demasiado confiado en una tecnología con mucho por delante pero todavía verde en algunos aspectos. La sensación general fue de no tener los pies en el suelo, como si Lucas llevase tiempo en su realidad paralela, allá en su rancho Skywalker, ajeno a lo que estaba pasando en el mundo, especialmente en el terreno audiovisual. El cine es lo que tiene, un día puedes estar en la cumbre y otro recibir por todos lados, algo que no siempre se lleva bien. En 2012, Lucas, comprometido a dar parte de su fortuna a obras de caridad como Bill Gates y demás ricachones con alma, vendió Lucasfilm a la todopoderosa Disney por 4 billones de dólares. A la par se anunció el futuro lanzamiento de una tercera trilogía dirigida por J. J. Abrams, alumno aventajado y funcionario solvente, a ratos iluminado.

“Star Wars: El despertar de la fuerza”, el séptimo episodio, reinicia la saga, como si se hubiera reseteado, aliviando el tropezón de Lucas con “La amenaza fantasma” y compañía. El veterano productor y director ha asumido su figura de consultor creativo por cortesía. Abrams es un fanboy con madera de cineasta con pocas ganas de perder la partida, por lo que ha optado por tocar directamente el corazón de los aficionados al universo de Lucas apelando a su nostalgia sin contemplaciones. Ha pasado del erotismo y se ha apuntado directamente al porno para excitar a la entregada platea. Se marca prácticamente un remake que no oculta su condición y atrapa emocionalmente a su público calcando sin sonrojo todo aquello que hace vibrar a millones de personas: hay un nuevo Darth Vader, una escena en una taberna, una estrella de la Muerte aún más grande… Tan entretenida como poco arriesgada, cumple con su objetivo. Lucas probablemente descansa tranquilo.

(texto aparecido en la suplemento online LA BUTACA de “El Correo”)

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