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“La invitación” fue la película triunfadora en el pasado festival de Sitges, una buena muestra de cine independiente de género dirigida por Karyn Kusama, también detrás de “Jennifer´s body”. Su premisa atiende a cierta tendencia en el fantástico que apuesta por rodar en espacios reducidos, acorde al ajuste de presupuesto. Un grupo de amigos se sienta a cenar en una vivienda de un barrio burgués, una opción de ocio muy típica en EE.UU., y nada es lo que parece. Lo que empieza siendo una cita agradable va enturbiándose en beneficio del suspense. A través de los diálogos, y el comportamiento en la mesa, aflora información que pervierte la relación entre los personajes, dando pie a la desconfianza y a un posible estallido de violencia. Como la vida misma. Diseccionar la clase media americana es el objetivo de este tipo de propuestas, en la línea de la estimable “Coherence”. Los dúplex, el chalet adosado y las mansiones pomposas como centro neurálgico del espanto, el espejismo de una existencia aparentemente acomodada. El núcleo residencial como metáfora de nuestros demonios. El miedo escondido en los pliegues de la cotidianidad. El infierno son los demás. Y nosotros mismos.

(texto publicado en el suplemento GPS de EL CORREO)

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