Malditos borrachos
He vuelto. Siento no haber estado por aquí demasiado, o casi nada, esta semana, pero mis múltiples tareas me sobrepasan. He estado en Vitoria, en el comité de ayuda a la Creación de Montehermoso, en el área de audiovisuales. Ya que no me dan subvenciones, me toca darlas a mi. ¡Qué bonito! Eternas contradicciones a mi alrededor. Aparte, dos mesas redondas sobre Naves silenciosas y El último hombre vivo, noche pinchadiscos en el Tupperware que ya anuncié y, sobre todo, dos días de rodaje de un nuevo videoclip, esta vez de ELA. En apenas unos meses estoy recuperando mi carrera de realizador a pasos agigantados. Del gore a EL SUEÑO DE MORFEO. ¿Qué será lo próximo? Espero insultos al respecto, de pequeño burgués para arriba, haw, haw, haw!!!
Tenía apuntada una recomendación teatral desde la semana pasada. Hay días en los que es mejor quedarse en la cama. Se quema el tostador porque le da la gana, se rompe una estantería y caen miles de tebeos sobre las pelusas del suelo, la lavadora da un último suspiro y los calzoncillos flotan por la cocina, el teléfono fijo dice adiós por la cara, llega una factura que ha salido de la nada y, para colmo, te quedas con la bomba del baño en la mano. Afortunadamente, pude aliviar mi cara de tonto y ese día gris a enterrar en una función carcajeante de obligada visión para aquellos que habitáis en la capital. A la mierda Mamma Mía!, Hoy no me puedo levantar y demás montajes para turistas de fin de semana.

Del 18 de Abril al 28 de Mayo, de martes a domingo, el Teatro Alfil programa EL RINCON DE LA BORRACHA, un libreto del inmenso Secun de la Rosa, un tipo que sabe lo que hace y lo que escribe. Dirige, actúa y se marca un guión que logra arrancarte la carcajada mientras te cuela con sarcasmo una aguda mirada crítica a los urbanitas de hoy en día. Se pasa volando, y quieres repetir. Natalie Pinot, Helena Castañeda y Raúl Jiménez acompañan sobre las tablas a este cómico de raza, polivalente y cáustico, que se defiende como pez en el agua en el terreno de la comedia agridulce. La compañía es Radio Rara, y ya estáis tardando en echaros unas risas, infraseres


Después del oler el ejemplar, ya en casa, toca encontrarle un hueco. A menudo vas comprando novedades que se van acumulando en crecientes montones por las esquinas de las habitaciones, sobre cualquier superficie disponible, haciendo equilibrios imposibles, auténticas torretas capaces de matar a alguien si caen por su propio peso. Consigues tebeos nuevos, te regalan otros, llegan fanzines al buzón, algunos hasta roban en la Fnac para ampliar su tesoro Pero nunca los lees y los guardas del tirón según caen en tus garras. Es absolutamente imposible llevar la lectura al día. Está comprobado. La casa se llena de montañas y montañas absurdas de papelería. Y cuando un buen día encuentras esas horas por delante -sí, ¡horas!- factibles de emplearse en ordenar tebeos, el tiempo pasa volando. Uno aquí, otro allá. Primero haces hueco (sin escabar, porque no te dejan los vecinos, pero ya veremos con el paso del tiempo), mueves una colección a algún lugar insospechado porque ya no te cabe en tal o cual estantería, montas una nueva balda de Ikea que vas a tener que poner en el W.C. porque ya no hay más espacio en tu humilde morada, buscas sitio desesperadamente como un turista con su toalla en las playas de Benidorm y te haces rey del bricolaje por un día El Tetris es una estupidez al lado de esta misión (casi) imposible. Pero qué gran momento, después de tanto esfuerzo, cuando los ves todos bien puestos, por tamaños, después de haberlos olido y devorado página a página, casi como un coito.
Llegas al orgasmo como Drugos el Acumulador, el genial personaje de Mauro, con el que me identifico plenamente. Liberas espacio. Dejas el asunto zanjado, e inmediatamente comienza de nuevo el ritual de acumulación. De apareamiento. Porque los cómics vuelven y vuelven a formar pirámides en el salón, en el dormitorio, en el cuarto de baño, en el trastero y en la casa de tus ancestros. Y todo vuelve a empezar.