En la línea de “Sin perdón”, apostando por situar la acción en la actualidad, Hell or High Water”, aka “Comanchería”, es una de las mejores opciones de la cartelera para este fin de semana, un western moderno de rabiosa personalidad que brilló en Sitges por encima de la buena media de un festival que cuela en su programación thrillers como el presente, alejados de la etiqueta de cine fantástico, cuestión que agradece la prensa especializada cuando se trata de obras de calidad que ofrecen una mirada diferente. El público también respaldó un filme difícil de vender -tampoco es un thriller al uso, la intriga es lo de menos-, dirigido por David Mackenzie, un nombre a tener en cuenta. En su carrera figura también “Convicto”, un estimable drama carcelario que ya apuntaba maneras. El fuerte de este cineasta, a seguirle la pista, es su trabajo con los actores. De hecho, presume de dejar la cámara filmando y culminar la puesta en escena dando margen a la improvisación, aprovechando al máximo las posibilidades que brinda el montaje. Ritmo no le falta a esta película sobre dos hermanos que toman el camino salvaje para salvar la granja familiar del peso de las hipotecas. Asaltan banco tras banco por todo Texas, perseguidos por un ranger muy particular, encarnado por Jeff Bridges con su habitual carisma, con el remake de “Valor de ley” de los hermanos Coen palpitando en su filmografía.

comancheria

Ben Foster y Chris Pine interpretan a la pareja de atracadores, que abrazan el crimen bajo dos perspectivas diferentes: uno por necesidad, casi obligado por los lazos de sangre, con el cual el espectador empatiza; y otro por gusto, rozando la psicopatía. La familia es la familia, no falta cierta carga de profundidad en “Comanchería” hacia el sueño americano. Golpea especialmente el poder de los bancos, la sombra del vil metal sobre los seres humanos, el lado oscuro de nuestras conciencias. Inspirado es el trabajo actoral de todo el reparto, probablemente instigados por Mackenzie, un director fuera de lo habitual en el actual panorama cinematográfico, donde los movimientos de cámara están por encima de la creación de personajes y el travelling, la grúa o el dron, son aplaudidos por encima de los gestos. Precisamente el empleo de los diálogos, que defienden con brío el casting, retratando algunos instantes aparentemente banales que cuentan mucho, es uno de los puntos fuertes de una propuesta consciente de que no desgrana una historia original en su planteamiento y opta por dotar al conjunto de buen fondo y cuidar la forma más allá del encuadre. Un filme elogiable sin miramientos, que juega con el tono a conciencia y emplea la comicidad con estilo en algunas escenas memorables, mientras es capaz de retratar con crudeza algunos momentos ásperos. Bridges, con un trabajado acento, se marca un rol entrañable, de los que dejan huella en la memoria, cuando desvela su lado sensible. Un tipo con un sentido del humor odioso que una camarera de un bar de carretera pone en su sitio dictándole el menú, una de las mejores secuencia de este clásico instantáneo de un género que no parece perder su capacidad para transcender. El western nunca muere.

(texto publicado en el suplemento online La Butaca de El Correo)

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